En el mantenimiento de un vehículo hay procedimientos que se repiten todos los días en talleres y centros de servicio: el cambio de aceite y el reemplazo de filtros. Son actividades técnicas, necesarias y rutinarias. Sin embargo, detrás de estas operaciones cotidianas existe una dimensión ambiental que muchas veces pasa desapercibida.
Cada cambio de lubricante genera aceite usado, y cada sustitución de filtros deja residuos impregnados con hidrocarburos, metales y partículas contaminantes. Ambos hacen parte de los residuos más sensibles del sector motriz, no solo por su volumen, sino por el riesgo que representan si no se manejan adecuadamente. Su disposición incorrecta puede afectar suelos, fuentes hídricas y redes de alcantarillado, además de facilitar prácticas informales que rompen la trazabilidad ambiental.
El país cuenta con regulación, gestores autorizados y programas de recolección. Pero la sostenibilidad del sector no depende únicamente de la existencia de estas herramientas, sino de cómo se aplican en la operación diaria. En muchos casos, la diferencia entre una buena gestión ambiental y un riesgo innecesario está en decisiones básicas que se toman dentro del taller.
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Por eso vale la pena recordar algunos principios simples que marcan la diferencia en la segregación de estos residuos:
● El aceite usado debe almacenarse exclusivamente en recipientes herméticos, resistentes y claramente identificados, evitando mezclarlo con agua, solventes u otros residuos que dificulten su aprovechamiento posterior.
● Los filtros contaminados deben drenarse antes de almacenarse y mantenerse en contenedores independientes, preferiblemente cerrados, para evitar goteos y contacto con el suelo.
● El área de almacenamiento temporal debe estar protegida de la lluvia, señalizada y con superficie impermeable, de modo que cualquier derrame pueda controlarse y no llegue al alcantarillado.
El registro de entrega a gestores autorizados no es solo un requisito documental: es la evidencia de que el residuo salió del taller por la vía correcta y permite mantener la trazabilidad ambiental del proceso.
Estas acciones pueden parecer operativas, pero en realidad reflejan el nivel de organización, responsabilidad y cultura ambiental de un taller. Hablar de sostenibilidad en el sector motriz no es solo referirse a tecnologías futuras o a la transición energética; también implica gestionar correctamente los residuos que hoy siguen siendo parte esencial del mantenimiento vehicular.
La reflexión es clara: el impacto ambiental del sector no depende únicamente de grandes decisiones industriales, sino de miles de decisiones pequeñas que se toman cada día en los talleres. Cada cambio de aceite y cada filtro reemplazado representan una oportunidad para hacer las cosas bien.
El sector motriz tiene el conocimiento, la normativa y los aliados técnicos para gestionar adecuadamente estos residuos. El reto es convertir esas herramientas en práctica cotidiana y en cultura empresarial. Porque al final, la sostenibilidad del sector no se define en los discursos, sino en lo que ocurre en el piso del taller.





