Era 1911 y en Detroit, ciudad que ya rugía al ritmo de la industria automotriz, nació un nombre que marcaría la historia del volante: Chevrolet. William C. Durant, visionario y persistente, apostó por un nuevo vehículo que llevaría el apellido de un piloto suizo: Louis Chevrolet. Lo que empezó como un esfuerzo más en medio de la fiebre de motores pronto se transformó en una leyenda.
Dos años después, en 1913, Chevrolet ya se había ganado un lugar en la historia: su presencia en las 500 millas de Indianápolis lo convirtió en sinónimo de velocidad y resistencia. Y mientras las carreras lo impulsaban a la fama, sus ingenieros trabajaban en avances que lo consolidaban en las calles. En 1923 sorprendió con el Cooper Cooled, un sistema de refrigeración de cobre, y para 1930 ya había producido siete millones de vehículos, cifra que hablaba de su rápida expansión.
El año 1931 marcó otro hito: Chevrolet alcanzó el liderazgo en ventas. Veintiún mejoras en sus modelos demostraban su obsesión por la calidad. Y en 1938, la marca introdujo un detalle estético que cambiaría su imagen: una parrilla con más barras horizontales que verticales, símbolo de modernidad en plena época de transformaciones. Poco después, en 1939, presentó su primera Station Wagon, un lujo de la época que se convirtió en el modelo más costoso de su catálogo.
Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1947, Chevrolet apostó por la sencillez: modelos de gama baja, mecánicamente similares, que pusieron el volante al alcance de más personas. Sin embargo, no tardó en volver a sorprender. En 1953 lanzó el enigmático Corvette, diseñado por Harley Earl, un auto que no tardó en convertirse en clásico. Tres años después, el Corvette volvió más agresivo: un motor V8 de 210 caballos de fuerza rugía bajo su capó.

Los sesenta fueron la década de la variedad: Chevrolet ofrecía modelos para todos los gustos y bolsillos, cuatro de ellos los más populares de la época. En los setenta, se arriesgó con el Vega subcompacto, que tras algunos ajustes se convirtió en el auto estrella de América por su ligereza y eficiencia.
Con los ochenta llegaron nuevas preocupaciones: ahorro de combustible, frenos más resistentes y cajas manuales de cuatro velocidades. Chevrolet escuchaba a los conductores y se preparaba para entrar en los noventa con un lema que lo definiría: “hoy y siempre”.
En 1997, la quinta generación del Corvette, la C5, debutó con fuerza: motor LS1 V8, chasis renovado y una carrocería más sofisticada. Era la prueba de que, pese al paso del tiempo, Chevrolet sabía reinventarse. Y en 2010 lo volvió a demostrar: el nuevo Camaro, inspirado en el icónico modelo de 1969, desató ovaciones y devolvió la pasión por los autos musculosos.
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Hoy, con más de un siglo de historia, Chevrolet no solo es un fabricante de automóviles: es un símbolo. Desde 2013, su filosofía de comunicación busca transmitir su esencia de manera homogénea en todos los mercados, recordando que detrás de cada vehículo hay un compromiso con la innovación, la confianza y la emoción de conducir.
Chevrolet no ha sido solo parte de la industria; ha sido parte de la vida. Desde las pistas de Indianápolis hasta las calles de cualquier ciudad, su corbatín dorado sigue siendo una promesa de movimiento, una señal de que la historia en el camino aún no termina.





